¿Existe un Nuevo Orden Mundial basado en la genética?

Edouard Rix | 06/02/2022



En el espacio de unos pocos años, algunos de los dogmas más sagrados de la vulgata cientificista antirracista e igualitaria se han hecho añicos. Esto no es bueno para los partidarios de la corrección política científica.

En primer lugar, el mito del «origen africano», al que Yves Coppens firmó la sentencia de muerte al afirmar en Sciences et Avenir en junio de 2011 que «África no es la única cuna del hombre moderno» . Teniendo en cuenta los últimos descubrimientos científicos, >el paleoantropólogo refuta definitivamente el paradigma difusionista en favor de la hipótesis multirregional: «No creo que los humanos modernos hayan surgido de África hace entre 100.000 y 60.000 años. Creo que los Homo Sapiens del Extremo Oriente son los descendientes de los Homo Erectus del Extremo Oriente». Del mismo modo, los Homo Sapiens de Europa son el resultado de una hominización independiente de la africana.

Denisova, el tercer hombre

Otro dogma literalmente pulverizado por el progreso de una nueva ciencia, la paleogenética: la creencia en la unidad de la raza humana. Y es que la secuenciación del ADN, lejos de limitarse a los seres vivos, se aplica ahora a individuos que llevan miles de años muertos, incluidas especies ya extinguidas. El ADN puede conservarse durante casi 100.000 años en un entorno que no sea ni demasiado caliente ni demasiado húmedo. Tomando pequeñas cantidades de ADN residual de los esqueletos, los paleogenetistas pueden reconstituir el genoma completo mediante una técnica de amplificación que multiplica las secuencias.

Hay que recordar que, en los últimos 100.000 años, han desaparecido varias especies de homínidos: el Neandertal en Europa, el Denisova en Siberia y el Hombre de Flores en Indonesia. Un fósil de este último, que data de hace 13.000 años, fue descubierto en 2003 en una cueva de la isla indonesia de Flores. La secuenciación de este Homo Floresiensis, un individuo de cuerpo pequeño con un cráneo y un cerebro muy reducidos (de ahí el apodo de «Hobbit») ha fracasado dos veces, ya que el ADN encontrado estaba muy dañado por el clima tropical de la zona de enterramiento. Por otro lado, los genetistas lograron secuenciar a Neandertal y Denisova, aunque de esta última especie sólo conocemos un hueso de la falange de un dedo meñique y dos molares.

Fueron encontrados en 2008 en una cueva de Denisova, en las montañas de Altai, al sur de Siberia. Los objetos presentes en el mismo nivel que los fragmentos óseos pudieron datarse mediante carbono 14 entre 30 000 y 40 000 años de antigüedad. En marzo de 2010, un equipo internacional de filogenistas moleculares del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva de Leipzig (Alemania), dirigido por el biólogo sueco Svante Pääbo, publicó en Nature un primer análisis del ADN mitocondrial (ADNmt), de origen estrictamente materno, extraído de este fragmento de hueso. Gracias a la secuenciación de este ADN, los investigadores afirman haber descubierto una tercera especie de homínido, contemporánea del Homo Sapiens y denominada Hombre de Denisova. «Por lo tanto, la familia humana parece haber sido mucho más diversa de lo que se pensaba», se publicó en el peródico francés Le Figaro.

A continuación, los mismos investigadores atacaron el ADN nuclear, el ADN del núcleo celular resultante de la fusión del patrimonio genético de los padres. Así, un solo individuo proporciona una muestra estadística de la población que le precede. Los resultados, anunciados el 23 de diciembre de 2010 en las columnas de Nature, confirman que el Hombre de Denisova forma una rama distinta del árbol genealógico del género Homo. Por tanto, en Eurasia habrían existido dos formas distintas de hombre arcaico: el Neandertal en el oeste y el Denisova en el este. La rama denisoviana habría divergido de la que dio lugar al hombre moderno hace 800.000 años, y de la que dio lugar al Neandertal hace 640 000 años. Al comparar el ADN de Denisova con el de los humanos modernos, los científicos han descubierto que el 5% del genoma de algunos melanesios, concretamente los papúes de Nueva Guinea y la isla de Bougainville, procede de los denisovanos. El equipo del instituto plantea la hipótesis de que este último se cruzó en el camino de Sapiens hace 55.000 años, hacia Oriente Próximo, y que los descendientes de este encuentro cruzaron el océano para instalarse en Melanesia hace 45.000 años.

En agosto de 2012, los investigadores anunciaron en la revista Science que habían logrado descifrar completamente su genoma. Para ello, tuvieron que inventar una técnica que les permitiera desentrañar la doble hélice del ADN y analizar cada hebra por separado. El resultado es que los denisovanos llevaban material genético que ahora se asocia con la piel oscura, el pelo castaño y los ojos marrones.

Hay algo de Neandertal en nosotros

Ya en 2010, el mismo equipo de paleoantropólogos y paleogenetistas había secuenciado el 60% del genoma nuclear de los neandertales, que aparecieron hace 400.000 años y se extinguieron hace 30.000. Los resultados contradicen estudios anteriores sobre el ADN mitocondrial, que no habían encontrado ninguna contribución neandertal a nuestro genoma. Finalmente resulta que, como resultado del mestizaje entre el Homo Neanderthalensis y el Homo Sapiens, los humanos modernos no africanos (los chinos Han, los franceses, los habitantes de Papúa Nueva Guinea) han heredado del 1 al 4% de sus genes del neandertal.

Este descubrimiento apoya la hipótesis de la hibridación entre las dos especies antes de la extinción de los neandertales. Un nuevo estudio, dirigido por Damian Labuda, profesor del Departamento de Pediatría de la Universidad de Montreal, revelará que parte del cromosoma X de todas las poblaciones no africanas procede de los neandertales.

Ante esta verdadera revolución antropológica, el periódico galo Le Monde tuvo que dar la voz de alarma, a no ser que fuera la sentencia de muerte: «El año 2010 habrá sido, pues, muy rico para la paleogenómica». Fue el año del descubrimiento de la parte neandertal en los actuales no africanos, y de la herencia denisoviana en los papúes. Los genetistas saben que estos avances pueden resucitar las teorías racialistas. Por ello, se preocupan de señalar que este ADN heredado es no codificante, lo que significa que no tiene ninguna función conocida.

Pero «incluso si se tratara de controlar los genes, la diferencia genética no justificaría el racismo», insiste Pascal Picq, del Collège de France. Incluso los peores negacionistas del racismo no pueden seguir ignorando que ciertos grupos raciales y étnicos que viven hoy en día son el resultado del mestizaje, que tuvo lugar hace varios miles de años, entre humanos modernos y humanos arcaicos, y que ciertos genes que han heredado se refieren más concretamente a la organización del cerebro y al funcionamiento de las sinapsis neuronales.

¿Diferentes y desiguales? Guillaume Faye nos recuerda que «es en el Génesis y en la enseñanza de los Padres de la Iglesia donde debemos detectar el origen de este mito etnocida de la unidad de la raza humana, y del arquetipo de un hombre universal, una entidad monogénica del mismo tronco, un modelo por el que se devalúan las identidades». El edificio igualitario y universalista de dos mil años forjado por el judeocristianismo y perpetuado de forma secularizada por las ideologías modernas acaba de derrumbarse. Solo podemos alegrarnos.

Traducido por Robert Steucker
Por cortesía de Réfléchir & Agir

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